Erotizar el consentimiento

Si podemos entender lo ridículo que es forzar a alguien a que tome té cuando no quiere, y ser capaces de entender cuando la gente no quiere té… entonces, ¿por qué es tan difícil entenderlo cuando se trata de tener sexo? Ya sea preparar té o tener sexo, el consentimiento lo es todo. Veamos el siguiente video.

Al comparar una propuesta de compartir té o cualquier otra cosa con tener sexo, se hace evidente la extraña concepción que solemos tener del sexo. Recordemos que el sexo se ha convertido en la norma jurídica como “deber conyugal” y si la jurisprudencia condena hoy el abuso sexual en las parejas, la línea del abuso termina siendo delgada.

Des-educarse

Nos educaron pensando que el acto sexual, en general entendido como coito (penetración del pene en la vagina), es prueba del amor, lo que ha podido llevar incluso a querer tener sexo para sentirnos amados o amadas más que por gusto sexual. ¿Cuántas veces una persona ha accedido a tener relaciones o prácticas sexuales, sin desearlas, porque tocaba o porque pensaba que era lo que tenía que hacer para satisfacer a la otra persona? Al pensarlo, parece obvio que la falta de entusiasmo, de deseo o de voluntad clara de la otra persona debería quitarnos las ganas. Sin embargo, erotizar el consentimiento es un proceso que supone una toma de conciencia.

Preguntémonos, ¿cómo nos puede excitar una situación confusa en la que no se sabe si la otra persona está bien? Aunque hasta diga que sí o si dudamos que al día siguiente no se arrepienta. Todas estas situaciones fuera del consentimiento explícito y entusiasta deberían despertar nuestras alarmas.

Insistir cuando la otra persona ha dicho que no es otro de los curiosos aprendizajes que debemos cuestionar. ¿Cómo puede ser que estando cerca de una persona que nos gusta o que amamos, pero que en ese momento expresa la ausencia de deseo, sin tener que inventar excusas o explicitar motivos, nos invada una frustración tan grande que nos lleve a hacerla sentir culpable? ¿Por qué algunas personas sienten la necesidad de pedir disculpas por no tener ganas de sexo? ¿Por qué no imaginar un mundo donde la ausencia de deseo de la otra persona, automáticamente baje el nuestro?

Si salimos con ganas de comer hamburguesa con nuestra pareja, que prefiere ir a comer postre, lógicamente buscaremos un antojo común y no culparemos a nadie por querer comer hamburguesa o postre. El consentimiento se valida y se puede revocar en cualquier momento. Tal vez bailamos delicioso, nos fuimos juntas a casa, nos besamos, nos acariciamos, pero una de las personas prefiere finalmente dormir, ¿por qué no nos podemos alegrar del delicioso baile, de las deliciosas caricias y, en cambio, nos trasnocha la frustración de una expectativa no cumplida?

El mito de la agresión

Solemos imaginar la agresión sexual, incluso la violación, como un hecho perpetrado por seres malvados en callejones oscuros. Sin embargo, se estima que 75 por ciento de las agresiones sexuales son cometidas por un ser cercano con quien había algún grado de confianza. Y en muchos casos el agresor no expresa la intención de hacer un daño, ni reconoce haber cometido un abuso.

“Dijo que no, pero su cuerpo dijo que sí”, “se lo buscó”, “qué hacía vestida así”, “por qué vino a la casa entonces” son algunos ejemplos de frases que justifican las agresiones y que escuchamos a menudo. Si los sociópatas que cometen agresiones conscientemente existen, no constituyen la mayoría de los agresores; un muchacho angustiado, un hombre demasiado seguro de sí mismo, o centrado en sí mismo, pueden fácilmente convertirse en agresor, sin darse ni cuenta, legitimado por una educación sentimental que menos precia el consentimiento.

En los recientes casos de denuncia, que llevaron a la campaña en redes #MeToo (#YoTambién), se abrieron discusiones interesantes. Algunos comentaristas no entendían cómo algunas mujeres pueden seguir en contacto con su violador y denunciarlo años después. Sencillamente, porque ellas también interiorizaron la culpa y se demoraron años en entender que lo que les sucedió fue una agresión.

Todas las personas, sin importar nuestro sexo o género, nos podemos convertir en un agresor. Ignorar ese hecho puede tener desastrosas consecuencias para nuestras potenciales víctimas y para nosotras mismas. Lo que define la agresión no es nuestra intención, sino la percepción de quien la vive. Por lo tanto, si no queremos agredir a las personas debemos tener plena seguridad del consentimiento libre, consciente y continuo de las personas con quienes nos relacionamos erótica y afectivamente.

Preguntar no debería dañar nada

Muchas veces podemos pensar que no hay que hablar en el sexo, que eso rompe el encanto. Sin embargo, con palabras o gestos podemos guiar a las personas con quienes exploramos nuestros cuerpos, para garantizar que todo lo que sucede sea agradable.

Si no nos gusta hablar mucho, podemos guiar, por ejemplo, una mano tímida hacia donde queramos ser tocadas, levemente dejando la opción a esta mano de cambiar de ruta, si por ahí no iba. Podemos susurrar, muéstrame, guíame, y hacer de esa exploración un momento de intimidad y de confianza.

Y podemos ir perdiéndole el miedo a la palabra. Una pregunta abierta, tipo: ¿qué quieres? puede obligar a pensar demasiado, pero propuestas claras que pueden responderse con un sí o un no, siempre sirven. Preguntar: ¿te gusta más aquí o acá, más rápido, más lento? Y dejar claro que siempre se puede parar, no decir nada más, sin que esto sea un problema o deba ser explicado. Nos puede sorprender escucharlo, pero más que reprocharlo se puede agradecer la sinceridad y el cuidado.

Por eso, se trata de escuchar el cuerpo, al nuestro y al de nuestras parejas. Y cuando tengamos dudas, preguntar. Es mejor reírse de una frase torpe que vivir experiencias no deseadas, que por ello mismo dejarán consecuencias en nuestras vidas y relaciones.

Y recordar algo clave: “No es No”, “No sé, es No”, “Hoy no, es No”, “Ahorita no, es No”, “Estás borracha, es No”, cualquier cosa que no es un sí entusiasta y erótico, es No. Sí es solo sí cuando el No siempre es posible.

Este texto se publicó inicialmente en el periódico Desde Abajo.